Voy a explicaros mi experiencia con el trastorno bipolar: voy a empezar con los síntomas que se manifestaron desde que era adolescente, para relataros después cómo sufrí un episodio maníaco con brote psicótico que fue lo que me llevó al diagnóstico.
Toda la vida me había sentido un poco rara, pero no fue hasta los 35 años cuando me diagnosticaron trastorno bipolar, estando viviendo en el extranjero. Hasta esa fecha había notado algunos síntomas como, por ejemplo, que siempre dormía muy poco (cuando iba al instituto siempre estudiaba por la noche) y tenía épocas de bajón, especialmente en la adolescencia, pero pensé que eran cosas de la edad y que ya se me pasarían. Más preocupantes fueron los pensamientos suicidas, pero solo los tuve durante un breve periodo de la adolescencia y nunca les di la importancia que se merecían. Pensé lo mismo que con los bajonazos: “ya se pasarán”. Craso error, mejor hubiera sido compartirlos con alguien y buscar ayuda ya en ese momento. A medida que fui creciendo, fui capeando las épocas de bajonazo con viajes: cuando estaba deprimida, me iba de viaje o a vivir una temporada al extranjero y se me pasaba. También veía una diferencia con mis amigos: yo podía estar despierta hasta altas horas de la madrugada, sin que me cogiera sueño, dormir unas pocas horas y estar perfectamente fresca y llena de energía el día siguiente y ellos no. O el hecho de tomar alcohol: ellos se tomaban unas copas y estaban contentos, y yo me tomaba un par de bebidas y me ponía a llorar. Dejé de beber alcohol y, por suerte, nunca he tomado drogas, si no posiblemente la enfermedad hubiera debutado antes.
“Durante mi época de profesora fueron un par de ataques de ansiedad, que me estaban indicando que mis niveles de estrés habían llegado a un gran pico”
A medida que pasaron los años el no dormir empezó a ser un problema: pasé de dormir seis horas a dormir cuatro, de cuatro a dos y de dos a pasarme toda la noche en vela e irme el día siguiente a trabajar, con el consiguiente desgaste físico y mental que ello conllevaba. Aquello no presagiaba nada bueno, así que, después de diez años trabajando como profesora, decidí cambiar de profesión, ya que apenas tenía tiempo libre y el trabajo era demasiado estresante y absorbente, ya que me pasaba las noches y fines de semana preparando materiales o corrigiendo deberes. Creo que fue una buena decisión, porque los próximos meses estuve estable, contenta y conseguí dormir más. Otro síntoma que pasé por alto durante mi época de profesora fueron un par de ataques de ansiedad, que me estaban indicando que mis niveles de estrés habían llegado a un gran pico, pero tampoco les di importancia. Gran error por mi parte. Si hubiera buscado ayuda en aquel momento, es posible que no hubiera llegado a tener un episodio maníaco, o quizás sí, nunca lo sabré.
Cuando me vino el episodio por el cual me diagnosticaron, yo estaba en búsqueda de empleo, en un ambiente bastante relajado y en plena euforia: sentía que había descubierto mi camino en la vida y me había adentrado de lleno en ello. Quería escribir un libro y empecé a escribir día y noche, todo ello compaginado con la asistencia a talleres motivacionales. Mis niveles de entusiasmo subieron a niveles estratosféricos, pero yo no sabía que aquello era malo. Es más, me sentía genial, como nunca antes me había sentido. Me pasé una semana casi sin dormir ni comer, con una energía desbordante. En este periodo de tiempo tuve como dos breves desvanecimientos, estando en una conferencia, y noté como una gran descarga de energía en el cerebro, como si me lo hubieran “reseteado”. Seguí sin darme cuenta de que algo grave estaba sucediendo, ya que en esos momentos yo ya estaba totalmente metida en el episodio maniaco y me sentía estupendamente, pasara lo que pasara. De repente me sentía invencible, como si pudiera conseguir cualquier cosa. Recuerdo que en una de las conferencias el orador pidió si alguien tenía una última pregunta y me puse de pie, en medio de una sala con 500 personas, y empecé a saltar para que me eligiera a mí, cuando en realidad soy muy tímida y “de normal” nunca hubiera hecho eso.
Hasta que un día mi cuerpo dijo basta y me desmayé en medio de la calle. Mi “suerte” fue que me desperté en el hospital, ya que alguien había llamado a la ambulancia. Dentro del hospital, empecé a pensar que aquello era todo un “juego”. Cuando iba tumbada en la camilla, me escoltaba el personal de seguridad. Yo lo veía como algo normal y pensaba que el guardia formaba parte de mi equipo en el “juego”, pero la realidad era otra: me consideraban peligrosa porque me habían encontrado en medio de la calle y no sabían a qué atenerse. Lo primero que pensaron es que había tomado algún tipo de droga. Una vez me hicieron las pruebas y lo descartaron empezaron a buscar otras cosas. Recuerdo también que me hicieron un TAC para descartar cualquier tipo de traumatismo en la cabeza.
Estar en el hospital no me supuso ningún trauma, porque la parte racional que quedaba en mí sabía que allí me darían respuesta a algo que hacía tiempo que sabía que me pasaba, pero que no sabía lo que era. Sentía que estaba en el lugar adecuado, así que estaba tranquila. Por aquel entonces yo había empezado a sospechar que quizás tenía esquizofrenia, porque durante las últimas semanas también oía voces y porque era la única enfermedad que conocía a la que se asociaba este hecho, del trastorno bipolar no conocía nada. En mi cabeza había estado manteniendo “diálogos telepáticos” con tres personas muy queridas para mí, pero era muy curioso porque cada una de ellas estaba asociada a algo: una me recordaba que era hora de beber, comer y dormir. Otra me recordaba que creía en mí y que yo debía hacer lo mismo, que no debía olvidar quién era. Y la otra me decía que no estaba loca, que creía lo que le estaba contando y que debía luchar por sacar la verdad fuera. Cuando me preguntaron en el hospital si oía voces les dije que sí, pero que en realidad sabía que eran mecanismos de mi cabeza para recordarme cosas importantes. Creo que las tres voces me salvaron de perder completamente el norte, porque me recordaban de dónde venía y quién era. A medida que empezaron a darme medicación las voces desaparecieron.
Por otra parte, en pleno brote psicótico, yo pensaba que el hospital era como una escape room (tenía que ir pasando pruebas para cambiar de habitación) y que yo tenía una “misión”: servir de conejillo de indias al hospital para que estudiaran conmigo cómo funcionaba la enfermedad, manifestando un comportamiento concreto (aparentemente agresivo, pero que en realidad no lo era) y explicándoles después por qué hacía las cosas, para que ellos lo entendieran y vieran que las personas con problemas de salud mental no somos peligrosas. Solo había un problema, mis ideas delirantes: como he mencionado más arriba, yo creía tener poderes telepáticos, como un caballero jedi, y no hablaba con nadie. Esperaba que los médicos me leyeran la mente, lo cual no es muy operativo si te quieres comunicar con ellos en el “mundo real”. ¿Qué pasó? Que cada vez pensaban que estaba peor y que mi comportamiento era más extraño y preocupante. Recuerdo un incidente en el que estaba muy agitada y vinieron tres o cuatro personas a reducirme. Yo toqué la acreditación que llevaba colgada una enfermera en el cuello y “telepáticamente” le dije: “Le hubiera podido dar un tirón, pero no lo he hecho, me he controlado y solo la he tocado”. ¿Qué pasó? Este hecho quedó reflejado en mi historial médico como “Ha intentado ahogar a una enfermera”. Otro día estaba jugando con las cadenas de las persianas y me las enrollé a las muñecas. Lo hice porque durante el brote psicótico estaba también obsesionada con el concepto del “infinito” y traté de imitar el símbolo del infinito enroscando las cadenas, sin ninguna otra finalidad. En mi historial médico el incidente quedó reflejado como “Ha intentado colgarse con las cadenas de las persianas” (después de eso las quitaron de la habitación). A ver… La diferencia entre lo que yo pensaba o pretendía realmente en esas dos ocasiones y cómo se interpretó desde fuera es abismal. Pero estaba el problema de la comunicación: si yo no hablaba, los médicos no tenían manera de saber qué estaba pensando. Y, basándose sólo en los hechos observables, podían hacer cualquier tipo de interpretación subjetiva errónea.
“El personal sanitario debería escuchar más lo que tienen que decir los afectados por un problema de salud mental”
¿Por qué cuento esto? Porque, como se puede ver, una persona con un problema de salud mental, en pleno episodio de la enfermedad, puede estar pensando unas cosas muy distintas a cómo se interpretan desde fuera por los médicos o familiares. Y comportamientos que no pretenden ser agresivos para nada, desde fuera se pueden ver como muy peligrosos. Creo que el personal sanitario debería escuchar más lo que tienen que decir los afectados por un problema de salud mental para intentar comprender qué pasa en esos momentos por su cabeza (y por qué se comporta como lo hacen) y ponerse en su lugar, en vez de dejarse llevar por los prejuicios y sacar conclusiones precipitadas. Si es que los afectados hablan, no como yo…
“Cuando me dijeron que tenía trastorno bipolar y que lo que había sufrido era un episodio maniaco con brote psicótico, me quedé como en estado de shock”
Estuve siete días en un hospital general, hasta que llegó mi familia desde España y los médicos llegaron a la conclusión de que se trataba de un problema de salud mental y me derivaron al hospital psiquiátrico. Al llegar al nuevo hospital, tras varias peripecias más que no voy a relatar por no alargarme más, me diagnosticaron al día de llegar. Y ya empezaron a darme la medicación que me hizo “volver a la realidad”. Cuando me dijeron que tenía trastorno bipolar y que lo que había sufrido era un episodio maniaco con brote psicótico, me quedé como en estado de shock. El diagnóstico vino como un jarro de agua fría, porque no conocía nada de la enfermedad (solo sabía que era grave), pero a la vez fue una liberación, porque ya podía ponerle nombre a lo que me pasaba y tratar de ponerle solución. Siempre había querido remediar el tema del sueño: ahora era la oportunidad para hacerlo. Con el diagnóstico bajo el brazo me volví a España, para estar cerca de mi familia. La familia es fundamental para tratar de controlar posibles indicios de descompensación, como estar más nervioso o hablar más deprisa, cosas de las que tú solo no te das cuenta.
El año siguiente fue muy duro: los médicos no terminaban de acertar con la medicación y me sentía aletargada todo el día y sin ganas de hacer nada. Pasé de la euforia a la depresión, como suele pasar en esta enfermedad. Entiendo que es más fácil manejar a un enfermo sobremedicado que arriesgarse a que se vaya hacia la manía, pero se debería tratar de encontrar un punto medio, porque estar tan bajo de moral te puede llevar a tener pensamientos suicidas, como me pasó durante esa época. Por suerte no intenté hacer nada. Y, otro error por mi parte, no se lo comenté a nadie. Si lo hubiera hecho, con la medicación adecuada, los pensamientos suicidas se van relativamente pronto. Eso lo sé ahora, pero entonces no. Nadie me había hablado de que eso podía suceder y de que era parte del cuadro depresivo de la enfermedad. Por otra parte, la medicación me daba mucha hambre y engordé 13 kilos. No obstante, no tenía ganas de hacer deporte ni nada. Por suerte mi madre me sacaba de casa y me “obligaba” a ir a dar un paseo con ella todos los días, si no hubiera estado siempre encerrada en casa.
Tras mucha prueba y error (casi tres años), y otro ingreso hospitalario (me habían recetado un antidepresivo que me hizo virar a manía), los médicos encontraron un cóctel de fármacos que mantiene a raya mi tendencia a la manía y no me deja aletargada. Lo cual me ha permitido intentar rehacer mi vida. Mi familia ve este segundo ingreso hospitalario como algo muy negativo, pero yo creo que fue para bien, porque gracias a eso dieron con la medicación adecuada para mí.
“A mí me ayudó mucho hacerme miembro de una asociación de trastorno bipolar”
Fue fundamental también encontrar la Asociación Valenciana de Trastorno Bipolar (AVTB), ya que me sentí muy arropada por ellos y sus experiencias personales me ayudaron mucho a la hora de comprender cómo funciona el trastorno bipolar. Si te sientes perdido nada más ser diagnosticado, yo te recomiendo que busques lo más pronto que puedas una asociación de aquellos que padecen lo mismo que tú. Pueden arrojarte mucha luz sobre todas las dudas que se te plantean en esos momentos, ya que ellos ya han pasado por allí y te lo pueden contar en primera persona.
Si estás empezando ahora con la enfermedad, es normal que te sientas perdido y con la sensación de estar dentro de un pozo sin salida, pero con unos buenos hábitos de vida y la medicación adecuada se sale del pozo. Te puedo asegurar que hay luz al final del túnel. Como ya he dicho más arriba, a mí me ayudó mucho hacerme miembro de una asociación de trastorno bipolar, aprendí mucho de los compañeros. Y también que mi familia participara en las reuniones y se informara sobre la enfermedad, su apoyo ha sido fundamental. Actualmente llevo tres años estable y estoy trabajando a tiempo completo, cosa que me dijeron que posiblemente jamás podría volver a hacer. Por otra parte, me he mudado a vivir sola (con el respaldo de mi familia), otra cosa que tampoco sabía si algún día podría volver a hacer. Los inicios son difíciles y confusos, pero la mala racha no dura para siempre: toma tu medicación, aunque parezca que al principio no surta efecto, y habla con tu médico nada más notes síntomas de descompensación. Con tiempo y paciencia todo vuelve a su sitio y se puede volver a llevar una vida lo más “normal” posible, sin olvidarse nunca de que la enfermedad está ahí para siempre y hay que mantenerla a raya.
El contenido de los blogs de Trastorno Afectivo Bipolar (https://blog-trastornoafectivobipolar.blogspot.com/) es solo informativo. Consulte siempre a su médico y no ignore el consejo médico profesional por algo que haya leido en cualquier contenido de este blog.
Fuente: https://www.salutmentalcv.org


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