El día agota mi piel,
el sol insiste, insiste.
Las calles transpiran vacío
y el aire se vuelve silencio,
como un razonamiento que no avanza.
Los árboles ocultan sombras,
mi cuerpo vacila lento,
arrastrando el no dormir,
de mucho día interviniéndome.
El sudor es una forma segura,
recordando el frio,
nos hace sentir vivos,
y el fuego también habita en nosotros.
Todo calor:
el piso arde,
mis labios secos,
las ganas de lluvia.
De todas formas,
tras este calor inhumano,
sale una pequeña promesa,
que cuando el calor se canse,
la noche vendrá a abrigarnos.

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