Bienvenidos al Blog Trastorno Afectivo Bipolar

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Perdiendo a mi mejor amigo

Hace como un mes estábamos en una fiesta. La verdad es que no fue una noche especial, como todas las fiestas a las que he asistido en los últimos años, paseando por ahí bebiendo pintas de cerveza artesanal, mirando las paredes cubiertas de láminas de arte posmoderno y fotos de las diferentes aventuras que había emprendido el dueño. 

Había una mezcla interesante de personas, algunos jóvenes, algunos mayores, algunos con caras conocidas, otros no, algunos vestidos con ropa que costaba cientos de dólares, algunos comprados en Value Village. 

Lo que hizo especial esta noche fue la forma en que interactuó con todos los presentes; todos se hicieron amigos suyos. Ya fueran rubios, morenos, bajos, altos, con un suéter de Armani o una camisa de dos dólares. 

Cuando él hablaba la gente sonreía, su actitud era positiva, sus conversaciones eran interesantes, cuando estabas cerca de él simplemente te sentías mejor contigo mismo. 

En la vida conocemos y entablamos amistad con muchas personas diferentes. Los amigos cambian, sin importar la razón, hacemos nuevos amigos y perdemos contacto con otros. 

De vez en cuando, sin embargo, llegan personas especiales a nuestras vidas y nos conmueven de una manera especial. Tienen cualidades y rasgos especiales que nos permiten forjar una conexión más fuerte que la que sentimos con los demás; esas personas se convierten en nuestros mejores amigos. 

Tengo suerte; he tenido a mi mejor amigo desde que tengo memoria. 

Hay algo especial en él, nunca está sin una sonrisa en su rostro y parece tener una energía eterna. 

Es increíble verlo afrontar desafíos en la vida. 

Hace unos años quería escribir; simplemente tenía algo que decir. Al principio le dijeron que era demasiado verboso, que sus historias eran demasiado largas y que no tenía talento. 

Eso fue suficiente para impulsarlo a escribir cada vez que tenía la oportunidad y en un año le pagaban por escribir para varias publicaciones. 

Su motivación es increíble; parece no dormir nunca y está totalmente concentrado en una tarea hasta que el proyecto está terminado. 

Él encuentra tiempo para cualquiera, para escuchar, para consolar, para tener compasión, para compartir, para amar, para simplemente hacer lo que pueda. 

Nunca deja de aprender, leer o investigar. 

Cada semana aprendo algo nuevo de él, podría ser un pasaje de una novela de Dostoievski o las estadísticas del jugador más nuevo de los Boston Bruins. 

Visitas a la galería de arte, escalada en roca, senderismo, teatro o simplemente conducir a un lugar en el que nunca ha estado, siempre está dispuesto a vivir casi cualquier experiencia. 

Él quiere hacerlo todo y compartirlo con todos. 

Al describirlo y compartir sus numerosas y magníficas cualidades, me entristece profundamente que se haya ido y que quizá nunca regrese. Se me llenan los ojos de lágrimas al escribir esto, porque soy yo quien le pidió que se fuera. 

¿Por qué? 

Me hago esta pregunta todas las noches mientras presiono y giro la tapa a prueba de niños de mi medicamento. Mientras tomo un sorbo de té de manzanilla y me trago las seis pastillas que tomo por la noche, además de las seis que tomo por la mañana 

Espero que él regrese, que me despierte, me mire al espejo y vuelva a ver su rostro sonriente sabiendo que su energía me ayudará durante todo mi día y que su confianza se convertirá en mi confianza. 

En cambio veo a alguien que no tiene ninguna de las cualidades de su mejor amigo. 

He perdido una parte de mí, una gran parte de mí, mi confianza, mi energía, mis ganas de vivir, mi motivación, mi ambición, todo parece haber desaparecido. 

Solía ​​ser fácil; él nunca me decepcionaba. 

No importaba lo deprimido que estuviera, por cuánto tiempo, él nunca me juzgó, nunca me guardó rencor. 

No importaba cuánto lo alejaba, él siempre regresaba a mi vida y me atrapaba y me llevaba a un viaje del que Walt Disney estaría celoso. 

La montaña rusa subió muy, muy alto y finalmente tuvo que bajar y cada vez que lo hacía la bajada se volvía más peligrosa que la anterior. 

Han sido muchas las voces que me han aconsejado pedirle que se vaya. Médicos, amigos y familiares me han instado a seguir tomando cinco miligramos de esto y quince miligramos de aquello. 

Mientras lo escuche temo no volver a verlo nunca más. 

Tengo que trabajar como nunca antes para encontrar un nuevo mejor amigo. 

En algún lugar de mi cerebro, de mi mente, de mi alma, hay un mejor amigo esperando a que lo despierten. Está ahí para apoyarme, para decirme que valgo la pena, que soy adorable, que soy inteligente, divertida, guapa, todas esas cosas en las que ahora mismo no creo. 

Un día encontraré algo que me haga sentir como antes. 

Haré todo lo posible por encontrar lo que he perdido. Por mirarme al espejo y ver la persona que sé que soy y que puedo ser. 

Ese desafío es duro y ese camino es largo. 

El esfuerzo que implica registrar mis estados de ánimo, escribir un diario, practicar yoga, correr, estabilizar mis patrones de sueño, socializar, ocuparme de mi nutrición, asistir a mi grupo de apoyo, así como concertar y mantener citas con mi psiquiatra y mis terapeutas, vale la pena. 

¿Por qué? Porque cada día me doy cuenta de que estoy más cerca de conocer a una nueva mejor amiga, pero esta vez una que estará conmigo toda la vida. 

El contenido de los blogs de Trastorno Afectivo Bipolar (https://blog-trastornoafectivobipolar.blogspot.com/) es solo informativo. Consulte siempre a su médico y no ignore el consejo médico profesional por algo que haya leido en cualquier contenido de este blog.

Fuente: https://ibpf.org/losing-my-best-friend/

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