Me doy la vuelta hasta el borde de la cama y empiezo a buscar mis pastillas: la blanca, la morada y un par más que mi psiquiatra me dijo que necesitaba. No estoy lista para levantarme, pero sé que no puedo faltar ni un día más al trabajo. Para cuando me ducho, ya estoy mentalmente agotada y lista para volver a la cama.
Al cruzar las puertas de cristal del edificio de oficinas, me siento atrapada. Me dirijo al baño, sabiendo que necesito llorar una vez más antes de sentarme en mi escritorio. Me quedo mirando mi portátil durante una hora, sin poder trabajar. Mi mente va a mil, lo que me dificulta concentrarme. En cualquier momento, mi compañera se acercará y empezará a gritarme: "¿Por qué voy atrasada? ¿Por qué no trabajo? ¿Por qué no soy como los demás?". Sé que no soy como los demás, y odio que me lo recuerden.
Recuerdo la conversación que tuve con la directora general de la empresa. Recuerdo sentirme insignificante sentada en su silla de invitados, con la mirada baja, con la esperanza de desaparecer. Le expliqué lo que me pasaba. Sentía un dolor intenso en el cuerpo; mi mente daba vueltas constantemente. Tenía depresión, el diagnóstico que tenía en aquel momento. La escuché con pesar mientras me decía, con su amabilidad, que simplemente debía superarlo. Insinuó que quizá no estaba rezando lo suficiente.
Entiendo su punto de vista. Sé que mucha gente no entiende lo que significa vivir con una enfermedad mental. Me entristece que, antes, el gerente de recursos humanos de la empresa había ido a ver a mi psiquiatra. La visita se debió a que creían que mentía sobre lo que entonces considerábamos depresión. Una visita que se suponía que me ayudaría a adaptarme mejor al entorno laboral me hizo sentir como un blanco fácil.
Las semanas posteriores a la reunión con el director general fueron duras. Tuve que esforzarme más que antes para demostrar mi capacidad; porque, por alguna razón, existía la impresión de que una enfermedad mental te hace menos trabajador. Mi cuerpo se volvió más frágil y enfermaba constantemente. La lucha por conservar mi trabajo me costó la vida, así que renuncié.
Solicité un nuevo empleo y me alejé del ambiente estresante de una firma de auditoría. Inmediatamente, empecé a sentirme mejor. Ya no tenía miedo de que me juzgaran a mí ni a mis capacidades basándose en mi diagnóstico. No tuve que llevarme trabajo a casa, lo que me dejó tiempo suficiente para hacer lo que me apasiona.
Decidí que mi salud era más importante que un sueldo y así fue como salvé mi vida.
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