Tenía 19 años cuando oí por primera vez que sugerían que era bipolar. Para mí, fue un anuncio liberador, no aterrador. Tenía una explicación para lo que me estaba sucediendo. La pérdida de control sobre mis emociones, y progresivamente sobre mis acciones, ahora era explicable y, en algunos casos, excusable.
Tampoco fue un diagnóstico sorprendente.
De niña, mi mal comportamiento, mi incapacidad para prestar atención y mis rabietas acabaron en un diagnóstico de TDAH. Fue un diagnóstico en el que mi madre y yo trabajamos, pero que poco a poco se convirtió en uno que ignoré. Unos dos años antes de mi diagnóstico de trastorno bipolar, mi madre estaba limpiando el sótano y conseguí un libro que ella tenía desde hacía años sobre adultos y TDA/TDAH. Tomé un resaltador y, mientras leía, resalté cada síntoma o situación en la que me encontraba. Más del 80% del libro estaba resaltado al final. El libro me introdujo a muchas ideas, incluyendo síntomas que desconocía que fueran causados por mi diagnóstico y que simplemente me había culpado por ser una fracasada. Aprender que no era responsable de muchas cosas en mi vida y que no era una fracasada me ayudó a aceptar mi diagnóstico y a no tener miedo de reconocer sus síntomas, porque solo después de reconocerlos podía superarlos.
Una de las cosas clave que aprendí de ese libro fue que los niños con TDA/TDAH tienden a desarrollar problemas como insomnio, depresión y trastorno bipolar en la edad adulta. Así que cuando la doctora mencionó que creía que yo era bipolar, no me asusté tanto. Sentí alivio. Recordé lo útil que fue aceptar mi diagnóstico de TDAH y no me rebelé contra él.
Por mucho que lo haya aceptado, a veces da miedo.
Descubrir que ahora tenía más del 50 % de probabilidades de desarrollar psicosis posparto fue aterrador. Me asustó saber que tenía una enfermedad más que transmitir a mis futuros hijos (además de varios otros trastornos genéticos). Enfrentar los drásticos cambios de humor, de la felicidad al suicidio, porque una receta médica tenía una advertencia de "puede causar depresión" que no se había detectado, me asustó.
Al final, cuento con una maravillosa red de seguridad de personas que se preocupan por mí, me aceptan tal como soy y aceptan lo que he tenido. No ha sido fácil. Con los años, he dejado de lado a amigos y conocidos que no me ayudaban con mi estado de ánimo, especialmente a aquellos que se negaban a creer que el trastorno bipolar fuera un trastorno real. He tenido que limitar mi contacto con familiares u otras personas que me deprimen o que no se adaptan a mi diagnóstico. Con el tiempo, he aprendido a interpretar a las personas para saber si aceptarán mi diagnóstico y cuándo es el momento adecuado para compartirlo.
No me avergüenzo. En mi caso, mi familia y amigos deben estar al tanto. Tengo varios amigos que adoran mi estado mental maníaco, porque para ellos es simplemente una extensión de mi yo feliz, pero también saben que a veces digo o intento hacer cosas peligrosas, y saben cuándo es el momento de intervenir y ayudarme a poner un límite.
El trastorno bipolar da miedo. Pero, como tantas cosas en esta vida, el miedo que despierta solo tiene el control que tú le permites.
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